Qué pasa con nuestra información de Twitter, Gmail, FacebookHotmail cuando pasamos a mejor vida / morimos / trascendemos / fenecemos / quedamos chupando gladiolo / sucumbimos ante Thanatos el dios de la muerte / o cualquier casualidad de la vida nos manda al papayo?

Llámenlo como quieran, pero cuando estemos en ese estado en el que no tenemos forma de golpear un teclado con usuario y clave para entrar a Last.fm, Twitter, Facebook, Gmail, YouTube, Hotmail, Foursquare, Flickr, LinkedIn o cuanto servicio en línea exista, tal vez ‘nos estemos enfrentando’ a algunas situaciones especiales.

Algunas serán más llevaderos que otras. Por ejemplo, dejar morir de hambre a las ovejas y los patos de FarmVille puede ser soportable, pero enfrentar a amigos, conocidos y familiares al dolor recurrente e innecesario de ver nuestro alter ego digital permanentemente y recordarles que ya no existimos más, puede ser un poco más doloroso.

Mucha gente podrá soportar que no retwitteemos la hora en punto gracias al servicio riguroso del @ big_ben_clock, pero resultaría realmente incómodo que nuestros followers se enteren después de un tiempo que le han estado escribiendo a un cadáver.

Algunos amigos soportarán no recibir más nuestros chistes malos y las cadenas de spam por correo, pero qué hay con el corazón de aquella muchacha croata, a quien le estábamos enseñando español, después de que pasen algunos días y ya no reciba nuestras cartas en chapuceado idioma croata con las que ya lográbamos sonrojarla?

Las situaciones incómodas, problemáticas y macabras son muchas: ¿Qué pasa con los extractos bancarios, que son los únicos que saben cuánto debemos pagar de la cuota del carro? ¿Qué pasa con nuestros homónimos que en 5, 10 o 37 años quieran usar nuestro nickname? ¿Quién heredará la popularidad en las diferentes redes sociales para perpetuarla o venderla? ¿Quién actualizará FourSquare con nuestra última morada? ¿Quién velará para que nadie supere nuestro record en BrainBuddies?

Morir en las redes sociales.

Hoy Twitter presta el servicio de eliminar nuestra cuenta tras enviar a privacy@twitter.com

Facebook, por su parte, cuenta con un formulario en el que se debe demostrar cierta cercanía con el difunto e incluir una partida de defunción virtual que puede evidenciarse con un vínculo a un obituario público o a un artículo que reseñe que de puritica verdad hemos muerto.

Luego de que es posible adjuntar toda la documentación, nos quitan de las búsquedas públicas, Facebook da la opción de enviar nuestro perfil a un proceso de ‘memorializing’ y Twitter nos quita de los ‘Who to follow’, entre otras acciones destinadas a guardar nuestro luto digital.

Ni Twitter ni Facebook entregan contraseñas a familiares o allegados. Lo máximo que hacen es convertir nuestra cuenta en un perfil conmemorativo y entregar un ‘backup’ de nuestra información.

Morir en las cuentas de correo.

Para el caso de las cuentas de correo gratuitas la historia es un poco más delicada, ya que en su mayoría (con excepción de Yahoo! Mail) entregan usuario y clave al interesado después de obtener suficientes pruebas de la muerte del muerto y la familiaridad del familiar. Cosa que puede generar gigantescos problemas post mortem si el fallecido no ha respetado a cabalidad la buena moral, las costumbres y la urbanidad de Carreño.

¿Alguna solución?

Siempre me he burlado de los procesos de venta de seguros de vida, no porque desprecie el trabajo de estos comerciantes del pesimismo mortuorio, ni porque sea un temerario a quien no le asusta la muerte: es más bien por lo macabro del tipo de conversaciones que pueden surgir a partir de dicho servicio: “Pero señor Marín: Dios no lo quiera, no se muere sino que queda paralítico”, o “con esos precios hoy en día no hay quien pague un funeral, esta póliza lo ayuda en esos momentos tan difíciles”, o la clásica “hoy estamos aquí, mañana no sabemos”.

Sin embargo, servicios como Entrustet.com, DeathSwitch.com, AssetLock.net (a.k.a. YouDeparted.com) y LegacyLocker.com, que prestan una gran ayuda al momento de que colguemos los guayos con todo y nuestras cuentas de servicios en Internet, generan más bien una sensación de alivio, de tranquilidad, de real ‘seguridad’ en que al final nuestra información no va a terminar pudriéndose olvidada entre las telarañas de un servidor en la India o en el peor de los casos en manos de quien no debería.

Estos servicios permiten entregar usuarios y claves de cada una de nuestras posesiones digitales a quien definamos. Incluso diferentes cuentas pueden ser ‘heredadas’ a diferentes personas. También ofrecen la opción de redactar mensajes o grabar videos que serán entregados a las personas específicas que definamos después de pasar a mejor vida.

En la configuración también podemos definir el futuro de los servicios en línea en los que nos encontramos activos después de nuestra muerte. Dentro de las opciones están eliminar la cuenta, darle acceso al ‘heredero’ o convertirla en una cuenta de luto.

Adicionalmente, tenemos la posibilidad de cargar archivos desde el computador para hacer más fácil nuestra comunicación desde el más allá con los del más acá para dar instrucciones, revelar algún secreto, enviar un mensaje de despedida o revelar nuestra obra maestra.

Y acá muere esta nota, con la esperanza de que falten varias décadas para hacer efectivo este servicio y que nuestro legado para ese momento sea mayor que nuestros ‘tweets’, nuestro ‘playlist’ y los animalitos en engorde de Farmville.