Decir que los automóviles son solamente una forma de transporte es como decir que la comida es solamente una fuente de nutrición. Y así como no todos comemos sólo legumbres y verduras, no todos conducimos (o aspiramos a conducir) los autos más razonables.

Es importante que el carro nos traslade de aquí para allá, pero cómo lo hace es por lo menos tan importante como el hecho de que lo haga. Cualquier adolescente nos puede aclarar que lo que conducimos revela mucho sobre quién somos, o sobre lo que quisieramos ser y, en sociedades tan conscientes de la imagen como la moderna pocos objetos hablan más de cómo nos gustaría ser vistos que el auto que conducimos. Y es que se trata de nuestra imagen, nada menos.

Hace diez años, General Motors lanzó los Saturns y Geos en el mercado estadounidense, en respuesta a la demanda por autos deportivos, accesibles y de poco consumo. Su publicidad iba dirigida a hombres y mujeres de veinte años que querían parecer razonables, inteligentes, y hasta prudentes. Un anuncio llegó a sugerir que los hombres que conducían autos muy aerodinámicos, muy potentes, muy fálicos, estaban tratando de compensar su… bueno, estaban tratando de compensar, incluso de sobre-compensar.

Hoy en día, las tendencias de producción y mercadeo de automóviles aprovechan nuestro deseo de proyectar una imagen que tiene más que ver con nuestros deseos que con nuestra realidad. En algún sentido, todos sobre-compensamos. Mientras nuestras vidas devienen cada vez más urbanizadas, cada vez más estables, nuestros vehículos hablan de conductores aventureros, rudos, curtidos, independientes. Eso sí, sin dejar de lado los asientos de cuero, el equipo de sonido estéreo de primera línea y la toma para la computadora portátil.

Las camionetas de lujo y los utilitarios deportivos (SUV, por sus siglas en inglés) que dominan nuestros sueños proyectan, además, una imagen de clase trabajadora, aunque la verdadera clase trabajadora vive en casas que cuestan muchísimo menos que muchos de esos vehículos.

Es decir que la estrategia de mercado de los fabricantes de automóviles se aprovecha del nuevo "igualitarismo" y de la conciencia de clase mal entendida. Desde tiempos inmemoriales la riqueza y el prestigio son esenciales forjadores del ego, pero hoy disfrazamos este prestigio con símbolos de la clase trabajadora para evitar la ostentación del auto "de papá". El mensaje es que uno puede pertenecer a la clase alta sin perder la espontaneidad, la alegría de las personas más simples.

Los fabricantes de autos están apostando a la continuidad de esta tendencia, con vehículos cada vez más grandes y de apariencia más agreciva. Volviendo al ejemplo de General Motors, esta empresa compró recientemente la marca Hummer y, según un artículo del New York Times, planea convertirlo en algo tan habitual como los BMW en los EE.UU., con ventas de aproximadamente 150 mil vehículos al año.