El dicho popular “quien se fue a Sevilla perdió su silla” frecuentemente utilizado cuando ocupamos el lugar de alguien que se ausentó sólo por un momento tiene su origen en Sevilla en el siglo XV durante el reinado de Enrique IV de Trastámara (1425-1474).

Resulta que Alonso de Fonseca (arzobispo de Sevilla), cuando se nombró arzobispo de Santiago de Compostela a su sobrino, curiosamente  llamado también Alonso Fonseca, al encontrarlo involucrado en  graves conflictos decidió ayudarlo luego del pedido de ayuda del mismo, intercambiando temporalmente las diócesis. Pero una vez que resolvió los problemas en Compostela regresó  a Sevilla donde el ambicioso sobrino se negó a devolverle su silla arzobispal. Tal fue la situación que se hizo necesaria la intervención del rey ya que el mismísimo Papa no pudo echarlo. Toda la situación sin dudas causó gran revuelo por lo que perpetuó la frase, que en realidad si nos ponemos quisquillosos tendría que ser “quien se fue de Sevilla perdió su silla”, tal como aparece en los dichos más antiguos.
También en otros países como en Perú se han inventado frases similares que desconociendo el orígen del dicho se apegaron únicamente a la rima por ejemplo: “Quien se fue a Villa perdió su silla”, “Quien se fue a Barranco perdió su banco”. Villa y Barranco eran dos localidades que hacia el S. XIX, cuando se creó la frase quedaban en zonas rurales en los alrededores de Lima, lo que de cierto modo significaba abandonar los asuntos en Lima.

Pezones

Los hombres tienen pezones porque  el embrión sigue un patrón femenino o ‘femle template’ durante las primeras seis semanas, antes que aparezca el cromosoma masculino. Es por eso también que conservan el tejido mamario y por ende pueden desarrollar cáncer de mama o  ginecomastia (crecimiento de las  glándulas como un busto femenino). Por ende no sirven biológicamente para nada, aunque son bastante sensibles y cuando se estimulan oral o manualmente puede resultar placentero para algunos hombres.

Aplaudir

No existen  evidencias arqueológicas concisas que nos permitan esclarecer porque aplaudimos. Algunos antropólogos piensan que nuestros antepasados chocaban sus manos para ahuyentar a los depredadores o para advertir al grupo de su presencia. Comportamiento que también se observa entre chimpances que golpean las manos y los pies e incluso palmean una mano contra la otra en situaciones de estrés para alivianar  tensiones. Hay otros que concuerdan en que el aplauso pudo haber surgido durante las primeras cacerías en grupo del homo erectus, ya que las mismas incluían un método idóneo de comunicación a grandes distancias.

No se sabe ciertamente su origen pero sin lugar a dudas el aplauso pasó a demostrar aprobación en el teatro. Los romanos y los griegos ya lo utilizaban además de chasquear los dedos, ondear la punta de las togas y sacudir unas tiras que distribuían para gratificar una acción o conducta. Era tal la importancia simbólica del aplauso que se contrataba gente para que aplaudiese, Nerón por ejemplo pagaba 5000 plausores aproximadamente en sus apariciones públicas.

Desde el punto de vista psicológico se sostienen que el aplauso deriva de palmear la espalda a alguien como manera de felicitarle y como los expectadores no pueden hacerlo con los actores en lugar de ello aplauden.