Imagen | Ibahim Lujaz

El miedo a volar se encuentra recogido en la última edición del “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales” de la Asociación Americana de Psiquiatría como una fobia específica de tipo situacional. Los criterios principales para diagnosticarla son:

– Miedo excesivo o irracional, reconocido como tal por quien lo sufre, ante estímulos relacionados con el hecho de volar.

– Aparición de una respuesta inmediata de fuerte ansiedad ante la exposición a “volar”.

– Evitar exponernos al hecho de “volar” o soportarlo a costa de una elevada intensidad.

– Malestar clínicamente significativo o interferencia de los comportamientos de evitación, la anticipación ansiosa o la ansiedad provocada por “volar” en la vida normal de quien lo padece.

Así, la fobia a volar se caracteriza básicamente por un miedo que hasta el propio individuo reconoce excesivo e irracional ante el hecho de volar. Por otra parte, los autores españoles Miquel Tortella-Feliu y Miquel A. Fullana hablan del miedo a volar como una fobia compuesta por varias alteraciones, es decir, que no es un miedo unitario, sino que está integrado por otros miedos más concretos. La claustrofobia, el trastorno de pánico, la agorafobia, el miedo a sufrir un accidente, la fobia a las alturas, a las turbulencias, a volar de noche sobre aguas profundas… Un estudio realizado por estos dos expertos concluyó que los dos miedos más frecuentes son el miedo a sufrir un accidente –factor principal para el 22% de los encuestados– y el miedo a no controlar la situación –para un 13.6%–.

Sus síntomas son, aparte de algunos o todos los miedos anteriores, los típicos de la ansiedad: taquicardia, palpitaciones, sudoración, temblor de manos, hormigueos, tensión muscular, dificultad para respirar, opresión en el pecho, nudo en el estómago, sensación de mareo, ráfagas de frío o calor… Y no sólo se manifiestan durante el vuelo, sino que en muchas ocasiones empiezan a sufrirse en el momento en el que sabemos que hemos de subir a un avión y, a partir de ahí, van intensificándose conforme se acerca el momento de hacerlo.

 

Las estadísticas son claras: entre un 10% y un 40% de la población en los países industrializados sufre fobia a volar en alguna de sus manifestaciones. Sin embargo, sólo un 25% de ese total experimenta un malestar significativo, y, de ellos, menos de un 10% cumple los criterios para el diagnóstico como fobia específica. Al parecer, las personas que suelen desarrollarla son las que poseen una inteligencia superior a la media y que, ante cualquier incidencia en el vuelo, se imaginan lo peor y necesitan saber qué es lo que ocurre. En algunos casos, el hecho de ser ejecutivos acostumbrados a controlar todo y que no llevan bien dejar las cosas en manos de otros, incrementa la probabilidad de convertirse en aerofóbicos.

En cuanto a la edad media de inicio de la fobia a volar, ésta se sitúa alrededor de los 25 años, lo que quizá se encuentre relacionado con el paso a la vida adulta y la asunción de nuevas responsabilidades.

Sus principales vías de adquisición son, de mayor a menor importancia, la información que recibimos a través de nuestro entorno y medios de comunicación, las malas experiencias que hayamos vivido y la observación de otras personas que sufren este miedo. En lo que respecta a la segunda, la adquisición por malas experiencias, se ha visto que mucha gente no recuerda ninguna experiencia de este tipo y que incluso hay quien asegura haber tenido miedo desde siempre, o sea, desde antes de subirse a un avión la primera vez. Es más, algunas fobias no surgen porque una mala experiencia haya provocado por sí misma un malestar, sino porque un malestar ya existente (por ejemplo, problemas personales o laborales) se ha asociado con algún estímulo desagradable.