Nueva York.-  El meteorólogo estadounidense Scott Stevens declaró en días recientes que el huracán Katrina fue provocado por la mafia japonesa en venganza por los atentados nucleares de Hiroshima y Nagasaki.

En su sitio en internet ( www.weatherwars.info/index.html) dijo que los nipones usaron un arma secreta soviética -"un misil de hecatombes"- basada en un generador electromagnético de gran potencia.

"Está establecido que en los años 60 y 70 la extinta Unión Soviética elaboró y se jactó de poseer tecnologías capaces de influir en el clima y que fueron empleadas contra Estados Unidos a partir de 1976", explicó Stevens.

Según él, las tormentas que azotaron Estados Unidos ese año fueron gatilladas por una de esas armas; y en los 80, agregó, la URSS vendió esas armas a decenas de países y organizaciones.

Su interpretación provocó una polémica en Rusia. Yuri Tokarev, experto de un centro ruso que estudia las relaciones entre el sol y la Tierra, ahondó en el tema: "Es posible influir en el clima, pero no a escala de poder desatar Katrinas o Ritas… ni nosotros ni nadie puede hacerlo. Las instalaciones existentes no tienen suficiente potencia".

El proyecto HAARP

Aunque lo de Stevens suena a ciencia ficción, la existencia de estas armas geofísicas -o arsenal meteorológico- ha provocado sospechas recientemente.

Las dos potencias de la Guerra Fría han mantenido centros científicos que investigan los fenómenos que ocurren en la atmósfera y su interacción con la actividad solar y cósmica.

En el caso de Estados Unidos, se trata del proyecto HAARP (High Frequency Advanced Auroral Research Project), instalado en una base militar en Gakona, Alaska. Rusia, por su parte, realiza la investigación en el centro conocido como Sura, ubicado cerca de la ciudad de Nizhi Novgorod, en el centro del país.

Pero mientras el primero contaría con un presupuesto de 300 millones de dólares al año, el segundo languidece.

Rusos alertas

El misterio sobre estas supuestas armas geofísicas es antiguo. A fines de los años 70 EE.UU. y la URSS firmaron un acuerdo por el cual se comprometieron a no investigar el uso militar de la geofísica. Eso no habría sido respetado, según varios críticos.

El asunto cobró fuerza en septiembre de 2002, cuando la Duma -cámara baja del Parlamento ruso- aprobó una petición al presidente Vladimir Putin, a la ONU, y a otras organizaciones y gobiernos del mundo, que tenía como objetivo presionar para la suspensión de los supuestos ensayos geofísicos del centro HAARP.

Estaban preocupados porque en teoría, las armas geofísicas podrían provocar inundaciones, tifones y tornados donde se quisiera, o paralizar los sistemas electrónicos civiles y militares, e incluso, dicen algunos, afectar las mentes de las personas, según expresó en el diario ruso "Pravda" Yuru Solomatin, diputado ucraniano.

Valeri Stasenko, del Servicio Meteorológico de Rusia, declaró al diario "Noviye Izvestia": "Los cambios en la ionosfera y la magnetosfera influyen en el clima, y si estos cambios se refuerzan con potentes instalaciones es posible variar el clima de forma global".

Pero el especialista Tokarev puso paños fríos a la influencia humana. Dijo: "Sería como soplar a la orilla del mar. Lógico que se puede hablar de una interacción en el medio ambiente, pero no como para provocar un huracán".

Fuente: EFE